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Los caminos de la oligarquía

Enrique Vargas Peña

    Nuestra oligarquía (del griego, f. gobierno de pocos...3. fig. Conjunto de algunos poderosos negociantes que se aúnan para que todos los negocios dependan de su arbitrio) se ha adentrado en el camino de convertir al Paraguay en un país subsahariano, lo que nuestra nación superará solamente a alto costo.
    Los países subsaharianos se caracterizan por una pobreza endémica y una dependencia crónica originadas en y alimentadas por la persistencia de quienes allí mandan en hacer funcionar sistemas institucionales de arbitrariedad.
    Subsahariano es, por ejemplo, degradar a una Justicia Electoral que ha organizado las únicas eleciones creíbles de la historia nacional, obligando a sus magistrados a atender casos de robo de gallinas.
    La oligarquía paraguaya es sui géneris.
    Como las demás de América Latina, la oligarquía paraguaya se forma en los colégios y universidades que la Iglesia Católica certifica para evangelizar a las élites, aunque no unicamente en ellos; como las demás, se aglutina, aunque hay excepciones, en buenos clubes, el Centenario o el Naútico de San Bernardino; como las demás, concentra en sí los contratos del Estado; como las demás, cree tener derecho originario y propio, en realidad divino, a gobernar.
    Lo particular de la oligarquía paraguaya es su color grisáceo, la chatura intelectual en que se desenvuelve, la aversión que siente hacia la cultura, la dependencia que tiene de embajadas extranjeras. La "élite" paraguaya no tiene los vuelos de las de Argentina o Chile, no tiene siquiera esa preocupación, modesta pero enaltecedora, que la boliviana siente por hablar bien el castellano.
    No. La oligarquía paraguaya se busca en "Hola", como Bokassa I se buscaba en Napoleón; "Cartelera" o "Gente" nutren su contacto con las letras. Sus intelectuales lo son cuando logran leer "Noticias" de Buenos Aires.
    Esta oligarquía nuestra tiene, cómo no, sus iconos, que la representan, la identifican, la conducen: Chilavert, Caballero Vargas, Mengo Boccia, Wasmosy, la proletaria Mina Feliciángeli, Tito Saguier, Augusto Roa Bastos.
    Lino Oviedo, que por algún tiempo fue su instrumento, amenaza el orden de las cosas.de la oligarquía, sobre todo después de presentarse a una recordada cena en el ABC, acompañado de su querida "chusma". Fue el escándalo total.
    Los oligarcas allí presentes, que toleran el vaciamiento de los bancos, no pudieron aguantar que Oviedo les hiciera compartir la mesa con algunos de esos paraguayos que según Milda Rivarola no saben elegir. Allí constató nuestra "élite" el riesgo de un movimiento popular.
    Desde entonces, los oligarcas han acelerado la destrucción de lo que quedaba de la transición iniciada en 1989, ya gravemente afectada por el robo, que tanto les satisfizo, de las internas coloradas de diciembre de 1992: crearon

tribunales especiales, convalidaron la obediencia debida, restringieron el hábeas corpus, instrumentaron al Poder Judcial, legitimaron la arbitrariedad gubernamental, encerraron en el baño a diputados, derrocaron al gobierno constitucional y justifican la persecución, la proscripción y la mortificación o la tortura de los opositores e incluso la ejecución "sumaria" de Coco Villar.
    Ahora lloran cínicamente por la suerte del país, en los almuerzos de Cerneco y desde desde la riqueza que les proporciona el poder, como si eso que han hecho no fuera lo que conduce al Paraguay al atraso y a la humillación.
    Han desestabilizado el precario Estado de Derecho para estabilizar su poder arbitrario, convirtiéndonos en una republiqueta bananera donde nos empobrecen estos notables discípulos de Marcelo Tinelli.
    Mientras la oligarquía tenga el poder, no habrá bienestar ni democracia.